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A proposito de Roberto Castellares

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A proposito de Roberto Castellares

Por: Justo LInaresCuando estaba cercano a acudir al llamado de Dios, el maestro Raúl Porras Barrenechea recibió la ignominiosa afrenta de un bocatán , quien en el Congreso dijo que aquel insigne escritor y diplomático era un cadáver que se pasea por las calles de Lima. Lejos de incomodarse, Porras puso cristianamente la otra mejilla y respondió: ¿Qué culpa tengo yo de estarme muriendo?

Me viene a la mente este triste episodio de las luchas políticas, lo que estaba ocurriendo con Roberto Castellares. Sabíamos que desde tiempo atrás libraba desigual lucha contra el cáncer. Por esas circunstancias  que estrangulan a los viejos periodistas, él estaba sin trabajo; sin medios suficientes para afrontar tan tremenda y costosa guerra personal contra el mal que minaba sus entrañas.

A Castellares le conocí hace sesenta años en el Colegio Moderno de la calle La Virreyna, dirigido por la magistral mano de hierro de don Bernardino J. Cabrera, el maestro que murió al lado de sus alumnos en un accidente carretero ocurrido cuando retornaban de una retozona excursión a Chosica.

Dejamos de vernos niños y nos reencontramos jóvenes en el Diario La Tribuna.

Él estaba igualito, gordo mofletudo, sin apego alguno para el ejercicio físico. El reencuentro puso un manto de olvido a los sufrimientos de periodistas que no conocían la palabra sueldo. Pero la convicción política convirtió ese sufrimiento en un servicio social obligatorio que tuvimos que pagar por aprender los secretos de un oficio, y por servir sanamente a nuestra querida nación.

Como era de esperarse, la vida volvió a separarnos. Cada quien se entregó a lo suyo por entero. Él comprendió que lo suyo era ayudar al prójimo a través de la dirección gremial, sobre todo en la Federación de Periodistas del Perú. Si revisamos su Hoja de Vida, encontraremos que ese nutrido servicio en pro de los demás, no se equipara ni lejanamente a la falta de recursos económicos que se ha llevado a la tumba.

Le vi hace algunos meses. Pese a que la guerra la iba perdiendo, notoriamente, encontré en su rostro la misma dulzura e inocencia. Dejémosle allí en su sana creencia que con su entrega total sirvió a su familia, a su gremio, a su partido, a sus colegas periodistas y al Perú que amó entrañablemente. Es Justo.

PYSN

Opinión

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